Durante mucho tiempo nos han enseñado que aguantar es
sinónimo de compromiso. Que cuanto más resistes, más fuerte eres.
Pero hay otra forma de entender la valentía.
Valiente también es quien reconoce que un trabajo ya no le
permite crecer.
Quien deja un entorno que afecta a su bienestar.
Quien decide salir de una zona conocida, aunque no tenga todas las respuestas.
Porque cambiar da miedo.
Lo conocido ofrece seguridad.
Y tomar la decisión de cerrar una etapa requiere mucho más que un nuevo
currículum: requiere confianza, claridad y coraje.
Dejar un trabajo no siempre es abandonar.
A veces es elegirte.
Es apostar por tu desarrollo profesional y personal.
Es abrir espacio para oportunidades que, si te quedas por miedo, nunca
llegarán.
No todas las personas deberían dejar su trabajo.
Cada situación es distinta y merece una reflexión serena.
Pero cuando la decisión está tomada por motivos sólidos y conscientes, dar ese paso también es una muestra de fortaleza.
La valentía no siempre consiste en quedarse. A
veces, consiste en saber cuándo es el momento de marcharse.
¿Has vivido alguna vez una decisión así? ¿Qué aprendiste de
ese cambio?


.png)






.jpg)








borrarte los privilegios de la piel,
inscribirte en la soledad del desacuerdo,
dejar atrás a los usurpadores.
No hay premio a una rebelde
más allá de poder regar sus flores
en el tiempo que apropia,
salir a dar de comer a las aves
una mañana donde el capital devora,
sonreír con los dientes maltrechos
ante la desventura del desayuno,
ser indigente en la casa que nadie sueña.
Las rebeldes saben
de qué están hechos los premios,
rechazan los mendrugos
que lanza la mano del opresor.
Una rebelde tiene como único premio la vida,
porque de ella nadie se apropia,
en ella nadie la usurpa,
porque es la única tierra propia
de cada rincón donde duerme.
Su rebeldía alcanza siempre
a cobijar el desánimo del progreso
y si de paso una rebelde
tiene la alegría en soledad,
ha vencido al mundo.
Doris Lessing