17 agosto 2026

Cómo hacer que te pasen cosas buenas: entender la mente para vivir mejor

Hay libros que pretenden darte respuestas y otros que, sencillamente, te ayudan a hacerte mejores preguntas. Cómo hacer que te pasen cosas buenas, de la Dra. Marian Rojas Estapé, pertenece para mí a esa segunda categoría.

No he querido hacer una reseña académica del libro ni resumirlo capítulo por capítulo. Lo que me interesa es compartir aquello que me ha transmitido y, sobre todo, mi manera de entenderlo.

La propuesta de la autora parte de una idea que me parece especialmente interesante: comprender cómo funciona nuestro cerebro y cómo se relacionan nuestros pensamientos, nuestras emociones y nuestro cuerpo puede ayudarnos a vivir mejor.

En definitiva, se trata de intentar llevar al lenguaje que todos entendemos algo que, en realidad, es extraordinariamente complejo: la maquinaria del cuerpo y de la mente.


1. Aprender a vivir en el presente

Uno de los grandes ejes del libro es la importancia de aprender a conectar de una manera sana con el presente.

Vivimos entre dos lugares que no existen: el pasado y el futuro. El pasado ya ocurrió y el futuro todavía no ha llegado. Sin embargo, nuestra mente tiene una enorme facilidad para quedarse atrapada en uno u otro.

Cuando vivimos permanentemente enganchados a lo que ocurrió, podemos quedar atrapados en la tristeza, en la culpa, en el resentimiento o en heridas que siguen abiertas. Cuando nuestra mente se instala constantemente en lo que podría ocurrir, aparece la preocupación, la anticipación y, muchas veces, la ansiedad.

Por eso, una de las ideas que atraviesan el libro es aprender a estar en el presente, sin negar nuestro pasado y sin dejar de mirar hacia el futuro, pero evitando que ninguno de los dos nos impida vivir el momento actual.

El sufrimiento forma parte de la vida. No podemos evitarlo. Lo que sí podemos intentar es comprenderlo, aceptarlo y aprender a gestionarlo.

Quizá la felicidad no consista tanto en conseguir que todo nos salga bien como en aprender a relacionarnos de una manera más sana con aquello que nos sucede.


2. El estrés: cuando la alarma permanece encendida

Otro de los grandes temas del libro es el estrés y el papel que desempeña el cortisol.

Nuestro organismo está preparado para responder ante situaciones de amenaza. El problema aparece cuando esa alarma permanece encendida demasiado tiempo.

Pensamientos, emociones, neurotransmisores, genes y procesos fisiológicos no funcionan como compartimentos independientes. Forman parte de un mismo sistema.

Cuando vivimos sometidos de manera prolongada a situaciones de tensión, miedo o alerta, nuestro cuerpo también lo experimenta.

Y aquí aparece una de las cuestiones que más me ha interesado: lo que sucede en nuestra mente no se queda únicamente en nuestra mente.

Nuestro estado emocional tiene una dimensión corporal. El miedo, la preocupación constante, la hiperestimulación o determinados hábitos de vida tienen consecuencias sobre la manera en la que funciona nuestro organismo.

Entender estos mecanismos permite también comprender mejor algunos de los problemas que afectan a nuestra sociedad.

Vivimos rodeados de estímulos, prisas, información, pantallas y exigencias. La era digital nos ha proporcionado enormes posibilidades, pero también ha introducido nuevas formas de hiperestimulación de las que quizá todavía no somos plenamente conscientes.

El objetivo no debería ser vivir sin estrés —algo imposible—, sino aprender a distinguir entre el estrés puntual, que forma parte de la vida, y ese estado de alerta permanente que termina desgastándonos.


3. No vemos la realidad tal como es

Hay otra idea del libro que me parece especialmente poderosa:

La felicidad no es lo que nos pasa, sino cómo interpretamos lo que nos pasa.

Dos personas pueden vivir una situación aparentemente similar y experimentarla de maneras completamente diferentes.

¿Por qué?

Porque entre lo que sucede y nuestra respuesta existe algo fundamental: la interpretación.

Y esa interpretación está condicionada, entre otras cosas, por nuestro sistema de creencias, por nuestro estado de ánimo y por la manera en la que nuestra mente filtra la información.

Nuestro cerebro no puede atender a todo lo que ocurre a nuestro alrededor. Necesita seleccionar. El Sistema Reticular Activador Ascendente, el SRAA, participa precisamente en ese mecanismo de filtrado de la información.

Es fácil encontrar ejemplos cotidianos.

Cuando algo empieza a interesarnos, de repente parece que aparece por todas partes. Cuando estás pensando en comprar un determinado coche, comienzas a verlo continuamente por la calle. Cuando alguien está embarazada, es frecuente que empiece a fijarse mucho más en otras mujeres embarazadas.

No es que hayan aparecido de repente. Es que ahora nuestra atención está preparada para detectarlas.

Esto tiene una consecuencia importante: aquello a lo que prestamos atención termina teniendo un enorme peso en nuestra experiencia de la realidad.

Por eso merece la pena preguntarnos qué estamos buscando constantemente, qué pensamientos alimentamos y qué información dejamos entrar en nuestra cabeza.


4. La mejor versión de nosotros mismos

El libro dedica también un espacio a una cuestión que considero fundamental: la mejor versión de nosotros mismos.

Todos tenemos fortalezas y debilidades. Tenemos rasgos que nos ayudan y otros que pueden hacernos daño.

Pero nuestros defectos no tienen necesariamente que convertirse en nuestros enemigos.

El primer paso es conocerlos.

Cuando conocemos nuestras debilidades podemos aprender a compensarlas con nuestras fortalezas. No se trata de convertirnos en personas perfectas, sino de intentar sacar lo mejor de aquello que somos.

Y aquí aparece una palabra que considero esencial: pasión.

La pasión es uno de los motores que nos permite avanzar, perseverar y encontrar sentido a lo que hacemos.

No basta con preguntarnos qué hacemos. También necesitamos preguntarnos para qué lo hacemos y qué queremos realmente de nuestra vida.


5. Tener un plan para no ser esclavos de lo inmediato

A lo largo de los años he observado algo que me parece especialmente revelador: muchas personas que sufren porque sienten que no les pasan cosas buenas quizá no tienen claro qué quieren que les pase.

No saber hacia dónde queremos ir nos hace especialmente vulnerables a las circunstancias.

Por eso creo que es importante tener un plan.

Una meta. Un objetivo. Una dirección.

No tiene que ser un plan rígido ni inamovible. La vida cambia y nosotros también. Lo que hoy queremos puede no ser lo mismo que queramos mañana.

Pero tener una dirección nos ayuda especialmente en los momentos de caos y de incertidumbre.

El que no tiene un plan, acaba siendo esclavo de lo inmediato.

Cuando sabemos qué deseamos, nuestra mente también empieza a buscar caminos para acercarnos a ello. Nuestra atención cambia. Empezamos a detectar oportunidades, personas y posibilidades que antes podían pasar desapercibidas.

No se trata de pensar que todo lo que deseamos va a suceder simplemente porque lo imaginemos.

Se trata de algo mucho más sencillo: tener claro hacia dónde queremos caminar.


6. Entender para poder gestionar

Después de leer Cómo hacer que te pasen cosas buenas, me quedo con la sensación de que entendernos mejor puede ser una de las herramientas más importantes para vivir mejor.

No es un manual de recetas para alcanzar la felicidad. La vida es demasiado compleja para eso.

Tampoco podemos controlar todo lo que nos sucede.

Lo que sí podemos intentar es comprender mejor cómo reaccionamos ante el estrés, ante la amenaza, ante la incertidumbre, ante la hiperestimulación y ante los acontecimientos que nos toca vivir.

Podemos aprender a reconocer nuestras heridas, observar nuestros pensamientos, gestionar nuestras emociones y prestar atención a aquello que estamos dejando entrar en nuestra mente.

Y, sobre todo, podemos aprender a vivir un poco más en el presente.

Quizá hacer que nos pasen cosas buenas no consista únicamente en esperar a que la vida nos las proporcione.

Quizá también tenga que ver con estar preparados para reconocerlas cuando llegan.

Porque, al final, no podemos elegir todo lo que nos sucede, pero sí podemos trabajar en la manera en que lo interpretamos, en cómo respondemos y en la dirección que queremos darle a nuestra vida.

Entendiendo nuestro cerebro y gestionando nuestras emociones, podemos empezar a mejorar nuestra vida.


Y esa, para mí, es la gran enseñanza que me llevo de este libro.

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